Durante años, cada vez que vienes a visitarme, siempre me has preguntado por qué hay un collar colgado sobre el espejo, frente a mi cama, y yo siempre te ignoro y te digo que es una larga historia. Solo es un simple y pequeño collar con piezas de plástico que simulan joyería; lo único especial que alguna vez tuvo era su aroma: cuando llegó a mis manos estaba impregnado de un delicioso perfume que tardó varias semanas -o tal vez meses- en desvanecerse. Tienes razón al pensar que debe haber una buena razón para que un objeto sin chiste como ese conserve un lugar ahí, durante tanto tiempo, sobre todo considerando que yo no nunca ando por ahí colgando adornitos. Hay una buena razón. En realidad no es una larga historia (creo), sino que más bien no quería hablar de ello. Pero algo sucedió hace poco que tiene que ver con la historia de ese collar.
Fue la semana pasada, el viernes en la tarde. Después del trabajo decidí ir a tomar un café antes de llegar a casa. Fui a un local que quedaba en el camino y me senté junto a la pared cristalina del lugar, bebiendo en silencio con la mirada perdida en la calle concurrida afuera. Supongo que estaba muy inmerso en mis pensamientos, porque no me fijé en qué momento exacto llegó, pero en algún momento bajé la cabeza para revisar la hora en mi teléfono, y cuando alcé la vista ella ya estaba ahí. Estaba sentada a un par de mesas de distancia, y parecía no haberme visto. Me habría gustado reaccionar indiferente, volver a perder la vista en la nada y seguir con mi introspección como si no hubiera visto nada, pero me convertí en un manojo de nervios y no podía evitar voltear. Se veía demacrada, y parecía llorar en silencio. Tenía la vista baja, concentrada en su celular, como si leyera una y otra vez algo muy doloroso.
No podía creerlo. Hacía tanto tiempo que no la veía. ¿Siete años? Se veía muy diferente, pero sin duda era ella. La gran Violeta. La tonta Violeta.
Conocí a Violeta cuando tenía 15 años. Yo la veía en la escuela de lejos, con sus amigas. Se juntaba con la clase de gente que me caía mal. No sabía mucho de ella, pero sus amigas eran las típicas niñas de actitud altiva, que cuando las escuchas hablar solo encuentras conversaciones así de "¿sabes cómo? totalmente, o sea..." y con ese tono de voz. Pero Violeta era mi gusto culposo. Era la chica que solo admiraba superficialmente y de lejos porque pensaba que era una persona desagradable. Bonita, pero hasta ahí, pensaba. Ni siquiera mis amigos sabían que me gustaba. Si mis sospechas eran ciertas, hablarle solo me haría desencantarme más, y prefería mantener esa ilusión de admirar su cabello y sus piel a la distancia. Además, de cualquier manera, no es como que se fuera a fijar en mí, seguro que ni sabía que yo existía.
Pero las cosas nunca salen como uno las prevé, y un día se abrió una grieta en el muro que yo creía que había entre ella y yo. Una tarde prendí mi computadora y me encontré con la sorpresa de una nueva solicitud de amistad de un correo electrónico que yo no conocía. Acepté la solicitud porque... pues, ¿por qué no? Y cuando finalmente hablé con esta nueva misteriosa persona, me dijo que era precisamente ella, Violeta. Al inicio no le creí, porque me parecía muy ilógico que alguien con quien nunca había cruzado palabra de repente me buscara, y no recuerdo cómo me convenció, pero cuando me confirmó que era ella, le pregunté si realmente sabía quién era yo. "Obviamente no me buscas a mí". Pero no había ningún error: ella sabía quién era y dijo que me agregó porque alguien le pasó mi correo y pensó que tal vez sería interesante platicar conmigo. Fue una conversación surrealista para mí. Ella mantenía el ritmo de la conversación y comenzó a preguntarme tantas cosas sobre mí que llegué a sospechar que detrás de la pantalla estaba alguno de mis amigos haciéndome una broma pesada. Pero era realmente ella. Eventualmente tuve la confianza de preguntarle por qué nunca habíamos hablado en persona:
-Ps tu no te dejaz ver -me dijo con la ortografía masacrada que se usaba en esos tiempos.
-Yo soy muy tímido -contesté-, no soy bueno para hablar ni para iniciar conversaciones.
-Entoncs la proxima ves que t vea te voy a saludar, te parece? y platicamos.
-Me parece bien.
Por supuesto que no me parecía bien. Para mí, esa "cita" para platicar era como una amenaza. ¿De qué le iba a hablar? Afortunadamente la cita social no sucedió pronto. Yo casi no la veía en la escuela, y cuando la veía, era de lejos. Aun así, casi todos los días hablábamos por internet. Era casi como una amistad a distancia. Siempre era ella quien me saludaba. Yo nunca iniciaba la conversación, porque no hacía falta.
Violeta era muy buena entrevistadora. Ella me contó algunas de sus cosas, de los problemas que tenía en casa
con su familia, de sus frustraciones y de alguno que otro drama
adolescente, pero también preguntaba muchas cosas sobre mí, y así tuve oportunidad de contarle de muchas de mis cosas que tú ya sabes. Pero nunca parecía prestarme demasiada atención y a menudo yo me sentía ridículo contándole. Hoy entiendo que tal vez estaba buscando alguien con quién hablar y encontró en mí a alguien dispuesto a poner atención.
En fin, llegó el punto en el que yo me sentía relajado en nuestras conversaciones porque estaba seguro de que no se estaba "cocinando" nada más. Sin embargo, en una ocasión tuvimos una conversación muy extraña. Me preguntó si era bueno besando, y se mostró incrédula cuando le dije que todavía no había tenido mi primer beso. Cuando la convencí de que era verdad (y sí lo era, no me mires así), me dijo que le parecía muy triste mi situación. "Todo mundo merece saber lo que se siente un beso", me dijo, muy poética ella, ahora resulta. "Si nadie te lo da pronto, yo misma me aseguraré de darte tu primer beso". "Gracias, qué generosa", le dije, entre emocionado e incrédulo.
Un par de semanas después, finalmente hablamos en persona por primera vez. Tengo que admitir que era tan cobarde y ansioso que había ocasiones en que pude topármela pero cuando la veía de lejos fingía demencia y me alejaba antes de que se diera cuenta. Esa vez no pude. Tal como en nuestras charlas cibernéticas, ella saludó primero:
-¡Hola! -sonrió y se inclinó ágilmente para saludarme con un beso en la mejilla. No pude evitar sorprenderme con su voz, grave, como de alto. No esperaba una voz como esa.
-Hola -respondí de vuelta. Curiosamente, ella expresó exactamente la misma sorpresa por mi voz:
-¡Wow! ¡Tu voz! Es tan... grave -su sonrisa se ampliaba con cada palabra.
-Gracias, jajajaja -me reí sin esforzarme por ocultar mis nervios e incomodidad. Yo se lo advertí, que no era bueno para conversar, pero ella lo tenía claro y ella misma cerró:
-Déjate ver más seguido, ¿sí? Me tengo que ir. -y así, sin más, me dio la espalda y se fue.
Fue un primer encuentro efímero y sin sustancia, pero me quedé con ganas de más. Esa tarde, cuando platicamos por internet, parecía igual de emocionada que yo, aunque intentaba disimularlo.
-hey! hoy te vi! -me dijo..
-Ya sé, yo también te vi jajaja
-deberiamos platicar en persona maz seguido, no crees? -lo dijo como si hubiéramos tenido la charla del siglo.
-Obvio sí, todos los días
-mañana te invitooo a comer con mis amigas, ven con nosotras, siiiii?
Ugh. Sus amigas. Ni por todas las Violetas del mundo. Además, todo iba demasiado rápido. "Hoy nos saludamos y mañana quiere que coma con ella y sus amigas, ¿pasado mañana me presentará a sus padres?".
-Mmmm, no, gracias, es que tengo planes mañana -mentí.
-umm ke mal haha bueno, sera para la otra.
En ese momento me di cuenta de lo que había hecho. Violeta, de la nada, me había invitado a salir y yo la había rechazado, y no conforme con eso, me hice el importante y fingí que tenía planes solo para evadir mi vergonzosa ineptitud social. Pero lo más doloroso no fue mi respuesta, sino que me respondiera de manera tan indiferente, como si no le afectara que yo hubiera rechazado su invitación. Después de eso se despidió, y me quedé solo frente al monitor insultándome a mí mismo.
No volvimos a hablar hasta una semana después. Faltaban entonces 3 días para mi cumpleaños cuando me volvió a hablar. Me pareció un lindo detalle que me saludara para preguntarme qué iba a querer de regalo.
"No tienes que darme nada", le dije. "No te daré nada, si no quieres, pero al menos iré a verte en tu cumpleaños". Trato hecho.
Ese cumpleaños no tenía otros planes. Tú me hablaste en la mañana para felicitarme y me preguntaste si quería ir contigo y Roberto a algún lado, pero como yo ya tenía planes te dije que ese día tenía que hacer tarea y que mejor nos viéramos el fin de semana, ¿te acuerdas? Pues efectivamente, yo estaba feliz porque tenía una cita con Violeta en mi cumpleaños. Me dijo que nos viéramos en el centro comercial a las 4 en punto, y yo estaba tan emocionado que llegué a mi casa de la escuela, me bañé (por segunda vez en el día), me puse perfume y me fui caminando desde mi casa para tener tiempo para pensar y calmar los nervios por verla. Cuando llegué, la encontré sentada en una de las bancas de los pasillos del centro comercial. Traía puesto un vestido blanco sencillo con un diseño de flores negras diminutas y llevaba un suéter encima. No era elegante, pero se veía muy bien. Hermosa. Sonrió cuando me vio acercarme a lo lejos. Cuando llegué junto con ella se levantó de su asiento, me dio un beso en la mejilla, un fuerte abrazo y sin soltarme me dijo "Feliz cumpleaños" mientras yo disfrutaba del abrazo, el contacto con su cuerpo y el olor de su perfume. Cuando finalmente nos separamos comenzó a hurgar en su bolso.
-Vamos a comer un helado, platicamos un rato y luego entraremos al cine. Si trajiste dinero, cuando salgamos podemos cenar algo, si quieres. -Y entonces sacó un par de trozos de papel coloridos de su bolso y me los mostró. Eran boletos de cine.
-¿Compraste los boletos tú misma? ¡Te pasas! -sonreí- Yo soy el hombre aquí, yo debería hacer esas cosas.
-Es tu cumpleaños y tú no me dejaste comprarte un regalo. Algo tenía que darte.
-No quise decir que no me regalaras nada, simplemente no tenías que gastar en mi. ¿Cuánto costó el boleto? -llevé mi mano a mi bolsillo para tomar mi dinero, pero ella me tomó de la muñeca antes de que pudiera hacerlo.
-No voy a dejar que me pagues. Si tanto insistes, te permito pagar el helado.
Así de bonito fue ese día. Andaba por el centro comercial acompañado de Violeta, platicando con ella, disfrutándola. No me había dado cuenta pero sus detalles y sus atenciones me habían cautivado. Caminaba sintiéndome en un sueño, con una persona que apenas hacía un par de meses hubiera pensado que nunca me hablaría. Todo el nerviosismo que siempre experimentaba cuando hablaba con ella había desaparecido tan solo por ese día, y eso para mí ya era un gran regalo de cumpleaños por sí mismo. Fuimos a comer y hablamos durante alrededor de una hora hasta que se aproximó la hora de inicio de la película. Estar con Violeta haciendo cosas tan comunes, tan ordinarias, era tan cómodo. Cuando llegamos al cine le pregunté si quería comprar palomitas, pero me dijo que no, me sonrió y me tomó de la mano para jalarme hacia la entrada de la sala. Sentir su mano en la mía movió algo en mí, y yo no lo sabía en ese momento pero estaba grabando nuevos recuerdos en fuego en mi memoria, tan solo con su ligereza de hacer las cosas. Le entregó los boletos al encargado y nos internamos en la oscuridad; la película ya había empezado, pero no había mucha gente dentro y como aún me tomaba de la mano, me llevó aprisa casi arrastrándome hasta unos asientos en la parte trasera.
Una vez que estuvimos en nuestros asientos, Violeta se reclinó y apoyó su cabeza en mi hombro mientras tomaba mi mano y acomodaba mi brazo alrededor de sus hombros y empezamos a ver la película en esa pose de ensueño. Después de un rato, Violeta se incorporó y me miró.
-Espero que estés disfrutando tu cumpleaños -me susurró, con una expresión en su mirada que yo quise descifrar como ternura.
-Claro que sí, me está encantando mi regalo.
-¿Tu regalo? ¿De qué hablas? Todavía no te he dado tu regalo -me dirigió una mirada sugestiva.
Antes de que pudiera reaccionar, acercó su rostro al mío rápidamente y entonces pude sentir mi corazón palpitar tan fuerte que casi podía escuchar mis propios latidos. Sus labios entraron en contacto con los míos y me plantó el beso más tierno y delicioso que pude haber imaginado. Mi primer beso. Fue un beso torpe, largo y perfecto. Cuando finalmente nuestros labios se separaron temí que fuera a ser el primero y último beso de mi vida, pero la película apenas tomaba su rumbo, así que hubo muchos más.
Cuando salimos del cine no íbamos tomados de la mano como cuando entramos, pero iba muy emocionado. Violeta también sonreía, aunque su sonrisa no eran tan pronunciada como la mía. Pero ahora la notaba seria. Entonces tomó su teléfono y vio la hora. "Uf, ya se hizo tarde, tengo que irme", me dijo con un gesto de tristeza.
-Lo siento mucho. -dijo cuando notó mi desilusión. Su expresión se tornó alegre y metió la mano por el orificio del cuello de su suéter- Tengo algo más para ti. Un último regalo.
Sacó la mano y me mostró un collar que yo no había visto hasta ese momento porque lo llevaba bajo la ropa. Era un collar sencillo, adornado de pequeñas piezas de plástico. Se lo quitó y lo puso en mi cuello. Me dio un último beso en los labios, dijo "Feliz cumpleaños, nos vemos mañana" y se fue.
Me quedé con las ganas de ir a cenar, pero satisfecho del día tan bonito que había tenido. Esa noche no pude dejar de pensar en Violeta y en los fuertes sentimientos que había despertado en mí todo lo que había sucedido, mientras olía el collar que me había regalado, impregnado con su perfume. Naturalmente, soñé con ella, y al día siguiente estaba ansioso por verla otra vez.
Pero no la vi. Ni al día siguiente. Ni al siguiente. Tampoco hablé con ella por Internet. Nunca apareció. Me sentía ansioso y confundido. No podía dejar de pensar en ella pero ahora no la veía por ningún lado. No fue sino hasta la siguiente semana cuando finalmente volví a verla, en la escuela. La saludé de lejos y me acerqué a ella, pero su recibimiento no fue lo que esperaba. Donde yo esperaba el mismo coqueteo y jugueteo que había recibido en mi cumpleaños, fui recibido por un trato esquivo y, tal vez, indiferente. Cuando detecté que ella no parecía tan feliz de verme como yo lo estaba, me abstuve de abrazarla y besarla y me limité a decirle un simple "hola". "Hola", me respondió nada más, y me ofreció una media sonrisa. Esperaba poder hablar con ella, hablar sobre nosotros y lo que había pasado. Quería derramar ante ella los pensamientos y sentimientos que ella había plantado en mi mente la semana anterior y que yo había estado regando con ansias e ilusiones todos esos días que no había podido hablar con ella, pero no recibí más que un vacío inexplicable y muy incómodo entre nosotros.
-Ya me tengo que ir -dijo, y se fue. Nuestro reencuentro consistió en un saludo respondido por una despedida. No me besó antes de despedirse, ni me abrazó, ni siquiera me dedicó una mirada. ¿Cómo podía hacer eso? Eso no se hace. No puedes hacerme pasar uno de los mejores días -o el mejor- de mi vida y apartarte e ignorarme como si no nos conociéramos. Mi mente fue un caos durante largos días pensando que algo tenía que haber sucedido. Pero nunca supe nada, nunca descubrí nada.
Fue hasta un par de semanas después cuando la vi. Cuando pasó frente a mí en el mismo centro comercial donde habíamos tenido nuestra única cita, tomada de la mano de alguien que yo no conocía, sonriente y hermosa como ella misma. La vi hablando y riendo con él. La vi actuando encantadora como ella misma, como aquel día, pero con alguien más. Y yo no lo pude entender. Hasta el día de hoy todavía no lo entiendo y creo que estoy siendo razonable, ¿no? ¿Qué pasó? ¿De qué me perdí? Tenía tantas preguntas, pero no lograba siquiera aclarar mis ideas porque sentía mi pulso acelerando, el sudor frío escurriendo por mi frente y la agonizante asfixia de no poder respirar. Por un momento pensé en ir hasta donde estaba ella y preguntarle qué díablos estaba haciendo. En lugar de eso, me amargué y me aparté de ahí con una gran opresión en el pecho.
Sé lo que estás pensando. Que debí ir y confrontarla, que debí averiguar qué estaba pasando, quién era él y qué éramos nosotros. Pero no quise hacerlo, no quise saber qué pasaba, qué clase de descarada historia se escondía detrás de todo aquello. No quise porque me daba miedo. Preferí dejarlo como una situación que nunca logré entender. Y, ¿sabes qué? Creo que en medio de toda ese dolor adolescente, tomé la decisión correcta. Porque tampoco ahora puedo imaginar una respuesta que no me fuera a lastimar. En aquel momento me dije para mis adentros que me merecía esa desilusión por haberme dejado impresionar tan fácilmente, por darle el poder de hacerme daño.
A partir de ese momento, cuando la veía en la escuela la ignoraba, y ella hacía lo mismo, no parecía muy sorprendida. Nunca volví a hablar con ella, y ella tampoco volvió a hablar conmigo. Al menos no hasta varios meses después, cuando me habló por internet.
-Hola. -me saludó- Ha pasado tiempo y quisiera hablar contigo. ¿Estás ahí?
Pero no le respondí. Insistió un poco más, pero aunque había pasado mucho tiempo y yo sentía que ya era un tema superado, la ignoré.
-Hola. -me saludó- Ha pasado tiempo y quisiera hablar contigo. ¿Estás ahí?
Pero no le respondí. Insistió un poco más, pero aunque había pasado mucho tiempo y yo sentía que ya era un tema superado, la ignoré.
En otra ocasión, tal vez 1 año después, me escribió un poco más. Me dijo que esperaba que estuviera bien y que ella se encontraba perfectamente. Noté que tenía una foto con alguien más en su perfil. Como ya había pasado bastante tiempo pensé que podría hablar con ella con calma y tal vez ahora sí preguntarle qué sucedió, pero como si estuviera tratando de revivir viejas costumbres, me dijo que tenía que irse antes de que alcanzara a preguntarle nada. Y ya no volví a saber de ella por muchos años.
Hasta el viernes pasado. Han pasado muchas cosas entre entonces y ahora, pero la recuerdo. Y ahí estaba, frente a mí otra vez después de tantos años. Pero ahora no se veía feliz, como las últimas veces que la vi. Su aspecto era el de alguien que sufre. Me recordó un poco a a mí.
¿Por qué lloraba? Noté que no apartaba la vista de su teléfono. Una vieja nostalgia me envolvió y decidí levantarme, acercarme a ella, saludarla y quizá comenzar de nuevo. Quizá descubrir qué es lo que la hacía llorar, rescatarla de ese dolor, hacer como que nada sucedió y continuar donde nos quedamos. Estaba a punto de ponerme de pie cuando levantó la mirada y me vio. Me notó. Mi corazón olvidó latir durante esos segundos. Pero sus ojos volvieron a concentrarse en su teléfono rápidamente. ¿Acaso no me había reconocido? Probablemente no, pero mi frustración tan arraigada me hizo pensar que sí y que fingió no hacerlo. Un viejo rencor despertó en mi interior y deseé por un momento que, lo que sea que estaba viendo o leyendo ella en la pantalla, fuera algo terrible. Que fuera ese hombre con quien yo la había visto hace muchos años, o cualquier otro, rompiéndole el corazón. Que la hubieran abandonado, como ella me abandonó a mi.
En mi cabeza, yo le decía "te lo mereces, y espero que lo peor esté todavía por venir". Tal vez eran lágrimas de felicidad y yo, amargado y herido, dibujaba una imaginaria tristeza en su rostro. Así que, como dije, me levanté con decisión, pero en realidad estaba aletargado y cargado con la tristeza de una vieja herida en el corazón, y metí las manos en los bolsillos de mi pantalón, le di la espalda y me fui de ahí, cabizbajo.
Me gustaría decirte que Violeta ya no significa nada para mí. De hecho, esa es la versión oficial; si me lo preguntas, eso es lo que responderé. Que no significa nada, que solo fue un efímero amor adolescente que no pude comprender. Pero el viernes entendí que no es así. Por eso tengo ese collar colgado sobre el espejo. Porque de esa manera todos los días está ahí a la vista, recordándome lo que alguna vez tuve, -una ilusión inocente- y que nunca, ni siquiera en estos años, he vuelto a tener. Está ahí, dándome la esperanza de que fuera un collar especial y significara tanto para ella como para mí y que Violeta se acuerde de mí cuando sienta su ausencia en su cuello, y se imagine todo lo que nunca fuimos. Está ahí, alimentando mi ilusión de que Violeta se arrepienta y se dé cuenta que desperdició todo lo que pudimos haber sido y que malgastó sus mejores días al lado de alguien que no la merece, así como yo malgasté los míos con la tristeza de su recuerdo fugaz. Sé que es una ilusión absurda y quizá algo enfermiza, que no debería darle tanta importancia a alguien que jugó un papel tan pequeño en el largo libreto de mi vida, pero a veces, cuando me siento solitario, esa fantasía es mi único refugio, el único consuelo al que puedo aferrarme como lo haría cualquier otro enamorado dolido y amargado que desperdició sus mejores días pensando en lo que pudo ser.